Un acto reflejo | | Natalia Sánchez Diana

Un acto reflejo

León y yo tenemos un sitio preferente, uno al lado del otro, presidiendo la mesa. En realidad, León es el que lo hace, inmerso en su mundo de amistad, popularidad y sociabilidad. Ríe, bromea y lleva el hilo conductor de la conversación. Y yo a su lado, me limito a escuchar y a acariciar su nuca, dibujando trazos como remolinos invisibles en la parte superior de su cuello.

Mientras le acaricio, miro por un instante por la ventana y entonces, encuentro a Oliver, fuera, en la calle.

Reconozco su ancha espalda, los músculos del cuello, la base de la nuca y el cabello oscuro y corto.

Las ventanas del local no permiten ver el interior desde fuera, pero a los que estamos dentro nos convierten en espías de lo ajeno, del devenir de los transeúntes, del caminar del solitario y de los encuentros o plantones de los amantes.

Dante recibe a Yaco, otro compañero del grupo. Se saludan con alegría e intercambian un breve pero fuerte abrazo.

Vaya, Tontita, hoy que has salido de casa con las defensas bajas, esperando que ningún incidente te asestara un golpe mortal y ahora te encuentras con la mirada destructora de ánimos y morales, que es capaz de transformar días de sol en tardes tristes y viceversa.

En todos estos instantes mi mente viaja lejos de la intrascendente conversación que mantienen los que me rodean.

Me centro en Oliver. Le observo reír, saludar y bromear con Yaco. Después se dirigen a la puerta principal. Entonces me doy cuenta de que he dejado de acariciar a León.

Ha sido un acto reflejo que no me perdono a mí misma.

Tontita, tanto luchar por olvidar a Oliver y tu cuerpo te traiciona dejando de tocar a León. Como si la teoría que propugnaban los sofistas se viera claramente reflejada en ti. El cuerpo es la carcasa que guarda el alma, pero ambos son entes independientes.

Se ama con el alma. Siempre lo has pensado; que lo de querer con el corazón es una pamplina tremenda.

Una aurícula no te va hacer querer más a alguien y un ventrículo no te va a ayudar a olvidar unos ojos como los de Oliver.

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