Rubita, te amo – Microrrelato | | Natalia Sánchez Diana

Rubita, te amo – Microrrelato

“Rubita, te amo”.

Así fue como lo dijo, mientras me miraba intensamente con los ojos negros dotados de un brillo acharolado.

                Estábamos perdidos en una de las callejuelas del casco antiguo de Valencia.

                Sobre nuestras cabezas ondeaba una bandera republicana. El asfalto estaba mojado y nuestros pantalones se habían calado hasta los tobillos, puesto que habían absorbido el agua de charcos y pequeños riachuelos que recorrían la calle.

                Era un día lluvioso, de esos que favorecen la aparición de la nostalgia y la tristeza en todos aquellos a los que les duele el amor.

                Un día en el que cayó una declaración de amor sobre mí y empapó todo mi cuerpo y mi alma con aquellas palabras pronunciadas por su carnosa y lujuriante boca.

                Estábamos empapados de amor y de lluvia.

Nunca nos escondíamos de ella. No corríamos a refugiarnos en portales ni en bares.

Porque Oliver no huía de nada. Y mucho menos de la lluvia, que se deslizaba por mi rostro confundiéndose con las lágrimas que su declaración había provocado.

                Las gotas empapaban también su cuerpo y yo las envidiaba, movida por aquella pasión acuciante que él había dotado de vida en mi interior.

                Las gotas recorrían su rostro, caían por su cuello, colándose por debajo del tejido de la camiseta. Y yo imaginaba que trazaban caminos por su pecho y descendían por la línea de vello del vientre, que le poseían por completo.

                Aunque él afirmaba que yo era su dueña única y legítima desde que nos conocimos.

                Lo gritaba, susurraba y decía con convicción absoluta, con un tono de voz atrayente y seductor que acentuaba la patología que se desarrollaba en mi organismo.

                Estaba enferma de Oliver.

Los síntomas de esta enfermedad eran aspecto macilento, ojos decaídos, pestañas tristes y sobredosis de Palabras.

                Palabras para consolar sus abatimientos, calmar sus tempestades interiores, aplacar al demonio que se colaba en su conciencia.

                Palabras para dormirle a través de relatos como éste, en los que intentaba construirle sueños. Él los había perdido a lo largo de un largo y arduo camino, sin carteles indicadores.

                Un camino sin brújula y sin puntos cardinales, que yo intentaba regalarle. Intentaba guiarle por la vida con mi serenidad y entrega. Pero mientras le encaminaba, yo me extraviaba. Andábamos caminos paralelos tomados de la mano.

– Te regalo mi mundo para que lo cambies, para que lo transformes en el tuyo, para que me salves de mis pecados.

Aquel día que me confesó su amor, había vuelto a probar su maldita cocaína.

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