El don de la heredera (fragmento) | | Natalia Sánchez Diana

El don de la heredera (fragmento)

Lena alzó la cabeza y le vio.

Vestía un traje chaqueta azul sobre el que había llorado el cielo. Se desanudaba la corbata mientras saltaba dentro del vagón, cabizbajo, cansado, abatido. Levantó los ojos y se encontró con los de Lena.

Y ella las supo entonces. Cosas, muchas cosas. Demasiadas.

Era apuesto. Bello hasta doler. Su rostro, mojado por la lluvia, era equilibrado. Ovalado, de nariz recta, pómulos altos y boca carnosa. Su cabello castaño tenía el mismo tono que la arena de la playa y estaba arreglado con gel. Una perilla y vello facial de un par de días cubría su mandíbula y una parte de sus mejillas.

Pero lo que en él resultaba hermoso y terriblemente conmovedor eran sus ojos. Tenían la tonalidad verde de las uvas, estaban enmarcados por unas larguísimas pestañas del mismo color que las cejas y el cabello y parecían tristes y atormentados.

A Lena se le aceleró el corazón porque sintió que la esperanza de enamorarse profundamente que albergaba en su corazón, y que consideraba un deseo irrealizable, estaba cerca, unida a ella por el hilo rojo del destino. Y al mismo tiempo, más lejos que nunca.

Porque el dueño de esos ojos hermosos, era un suicida.

 

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